Pedro el Grande, el poderoso zar que creó la Rusia moderna (y por qué es tan admirado por Vladimir Putin)

Es una figura fascinante que durante cientos de años ha despertado el interés de los historiadores, quienes le conceden el haber convertido a Rusia en una gran potencia europea.

Fernanda PaúlBBC News Mundo

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Fue uno de los zares más poderosos y famosos de la dinastía Romanov.

Pedro I —más conocido como Pedro el Grande— es ampliamente recordado por occidentalizar Rusia pero también por extender su territorio, creando una poderosa base naval.

Muchos historiadores le conceden a quien fuera zar entre 1682 y 1725 el haber convertido a Moscú en una gran potencia europea.

Fundador de la ciudad de San Petersburgo, Pedro el Grande era un personaje particular: escritos de la época dejaron constancia de que medía más de dos metros de altura, tenía la cabeza y las manos pequeñas, y siempre estaba haciendo muecas.

Además, se dice que tenía una atracción particular por personas que sufren enanismo, que por esa época solían divertir a los zares.

Sin duda es una figura fascinante que durante cientos de años ha despertado el interés de los historiadores: muchos dicen que todo lo que logró, lo hizo a través de una tiranía brutal. Y que, aunque era brillante, también era aterrador.

Pero eso no ha aplacado la admiración que han tenido por él muchos de los gobernantes que le sucedieron.

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Y Vladimir Putin no es la excepción. El mandatario no oculta su entusiasmo hacia él. Ha señalado públicamente que lo considera un «héroe» de su país por haberlo «reformado».

Es más: de acuerdo con Simon Sebag Montefiore, autor del bestseller «Los Romanov» (2016), Putin, al igual que otros mandatarios, anhela ser como él.

Para el escritor británico, la historia de esta casa real es esencial para entender cómo es y cómo se gobierna Rusia hoy.

En BBC Mundo quisimos repasar la vida de Pedro I para explicarte cuáles fueron sus principales obras y por qué es tan importante en el complejo laberinto del poder ruso.

Cómo llegó al poder

Pedro I era el hijo menor de Alejo I de Rusia —que reinó entre los años 1645 y 1676—, y su segunda esposa, Natalia Naryshkina.

Alejo I fue sucedido por Teodoro III, el medio hermano mayor de Pedro, que gobernó solo seis años y murió sin descendencia sobreviviente.

El trono, entonces, pasó a ser liderado por Iván V, también medio hermano de Pedro. Pero al ser física y mentalmente discapacitado, la Boyar Duma —un consejo consultivo para los grandes príncipes y los zares de Rusia— decidió nombrar como zar a Pedro en 1682, quien entonces tenía solo 10 años.

La decisión molestó profundamente a la hermana de Iván, Sofía Alekseyevna, y a sus familiares, que no estaban satisfechos con el arreglo.

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Con el apoyo de la Guardia Streltsí, un importante cuerpo de élite militar de la época, fomentaron el Levantamiento de Moscú, que terminó con la devolución del poder a Iván y a Sofía.

En los disturbios, Pedro —quien continuó como zar junto con Iván— fue testigo de la matanza de varios de sus familiares y amigos. Diversos historiadores han explicado que su carácter complejo y posterior crueldad tienen su raíz en estos hechos sangrientos.

En los años siguientes, Pedro vivió junto a su madre en el pueblo de Preobrazhenskoe, asistiendo rara vez a ceremonias oficiales. Se dedicó a la navegación y a la construcción de navíos.

Además, frecuentó barrios extranjeros de Moscú, como el German Town, donde estuvo en contacto con comerciantes europeos y forasteros ilustrados.

Pero en 1689, cuando tenía 17 años, decidió retomar su poder y derrocó con éxito a Sofía, a quien se le obligó a recluirse en un convento.

El zar, entonces, se casó con Eudoxia Lopujiná pero el matrimonio fue un fracaso. Tras tener un hijo —que murió tras ser arrestado por traición—, se divorciaron algunos años después.

Primeros acercamientos con Europa

Pedro I viajó de incógnito a Europa en 1696 en la llamada Gran Embajada (una delegación rusa cuyo propósito era encontrar aliados europeos contra el Imperio Otomano).

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Allí, se dice que visitó bibliotecas y que asistió a conferencias universitarias. Estuvo en Prusia, donde estudió artillería, y en Holanda e Inglaterra, donde aprendió el oficio de la construcción naval. En Londres, el joven zar visitó el Parlamento.

Su viaje se vio interrumpido dos años después, en 1698, por una revuelta de la Guardia Streltsí en Moscú. El escaso salario, la dureza de las marchas y el alejamiento de sus familias son parte de las razones que explican la rebelión.

Pero había otra razón aún más importante: los streltsí pretendían volver a entronizar a Sofía.

Sin embargo, el ejército gubernamental, bajo las órdenes de Pedro, aplastó la insurrección, ajusticiando a más de mil personas. Otras 700 fueron torturadas y exiliadas.

En los libros de historia se afirma que el zar le cortó personalmente la cabeza a 5 prisioneros. A las familias de los streltsí se les prohibió darles alimento y agua, condenándolos indirectamente a la muerte.

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Años más tarde, acabó brutalmente con otros alzamientos, como la del pueblo túrquico llamado baskires o la violenta Rebelión de Bulavin contra su imperio en 1707.

Un «modernizador» de Rusia

Pero Pedro el Grande no es solamente recordado por su crueldad a la hora de acabar con sus enemigos.

El zar es primeramente reconocido por liderar importantes reformas en Rusia, buscando modernizar el territorio. Y su especial conexión con Europa influyó profundamente en ellas.

Introdujo el calendario juliano con la celebración del Año Nuevo el 1 de enero —y abolió el ruso— y la tradición de decorar los árboles de Navidad.

También obligó a las clases altas a vestirse al estilo europeo y a los miembros de su corte y a sus oficiales a afeitarse el bigote y la barba, lo que provocó molestia entre los boyardos (nobles), que estaban orgullosos de ellas.

Además, permitió que las mujeres dejasen de cubrir su rostro y que hicieran vida social.

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También creó los primeros institutos superiores como la Escuela Politécnica y la Academia de Ciencias de San Petersburgo. Envió a jóvenes nobles a estudiar al extranjero a expensas del Estado, formando a un grupo de expertos con una educación amplia.

Todas estas reformas generaron cierto resquemor en algunos sectores de la sociedad apegados a las tradiciones rusas. Y lo cierto es muchos siguen discutiendo hasta el día de hoy si su legado fue realmente enriquecedor o no para Rusia.

Mientras algunos creen que las medidas lideradas por Pedro I permitieron a su imperio alcanzar el estatus de una de las principales potencias de Europa, otros lamentan la pérdida de las tradiciones culturales y espirituales únicas que existían en el país en este período.

«Aún así, nadie discute que su legado es importantísimo. Fue un líder histórico que cambió Rusia porque occidentalizó su modelo de vida», le dice a BBC Mundo Juan Manuel de Faramiñán Gilbert, catedrático emérito de la Universidad de Jaen.

Teniendo en cuenta lo anterior, el académico asegura que «no deja de ser curioso que Pedro I sea para Putin un símbolo de la Madre Rusia porque la verdad es que él era un occidental».

«Hay una especie de contradicción de fondo», expresa.

Expansión del territorio

Sin embargo, Pedro el Grande también unificó y expandió Rusia más allá de su territorio.

«Y eso es, justamente, lo que le debe atraer a Putin», dice Faramiñán Gilbert.

Para hacerlo, el zar reorganizó el ejército ruso de acuerdo con los estándares europeos de la época, valiéndose de tecnología occidental. Fundó la Armada rusa, soñando con hacer de su imperio un poder marítimo en el mundo.

Con ese objetivo en mente, buscó ganar más salidas al mar. En ese tiempo, el mar Báltico estaba controlado por Suecia, mientras que el mar Negro, por el Imperio Otomano.

«Le interesaba mucho extender el poder de Rusia en el ámbito marino. En aquel momento, Rusia solo tenía salida al mar a través del mar Blanco», dice Faramiñán Gilbert.

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De esta manera, le declaró la guerra a Suecia y así comenzó una larga serie de conflictos que se denominó «La gran guerra del Norte» (1700-1721) que terminó con la derrota sueca y el alzamiento de Rusia como potencia de primer orden.

Pedro I obtuvo acceso al mar Báltico y, con ello, aprovechó todas las posibilidades comerciales en la región.

«Logró controlar el mar Negro, expulsar a los tártaros e incluso logró un acuerdo con Polonia para obtener la ciudad de Kiev», indica Faramiñán Gilbert.

Muerte y sucesión

Poco después de terminada la guerra, en 1721, Pedro I decidió declarar a Rusia como Imperio. Él, entonces, asumió el título de Emperador de toda Rusia.

Al poco tiempo reformó la Iglesia ortodoxa rusa, reemplazando al líder tradicional —el Patriarca de Moscú— por un consejo de diez clérigos.

Además, introdujo otros cambios importantes, como establecer la «Tabla de Rangos» —que determinaba la posición de una persona en base a los méritos y a los servicios al emperador, y no a su origen social o su procedencia—, creó nuevos impuestos y construyó importantes palacios, como el denominado Peterhof.

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Solo tres años después de convertirse en emperador, el 8 de febrero de 1725, Pedro el Grande murió por una infección en la vejiga.

Su deceso ocurrió en la misma ciudad que él fundó, San Petersburgo, donde fue enterrado en la cripta imperial de la famosa Catedral de Pedro y Pablo.

Su segunda esposa, Catalina I —oficialmente nombrada emperatriz por él— lo sucedió en el trono.

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