Muere Freddy Rincón: el recuerdo de un periodista colombiano de la BBC del gol más gritado del extraordinario jugador

El 19 de junio de 1990 ocurrió uno de los momentos más recordados para el deporte colombiano: en el último minuto la selección colombiana de fútbol le empató a Alemania en un partido del Mundial de Italia 90. Y el autor de ese gol, Freddy Rincón, falleció este jueves en Colombia.

Alejandro Millán ValenciaBBC News Mundo

30 minutos

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Los gritos. Mi primer recuerdo de Freddy Rincón es tal vez el que muchos tienen marcado en la memoria: uno gritando.

Gritando abrazado a los amigos. Gritando en medio de la oficina. Gritando en el baño. Gritando en la calle frente a un almacén de electrodomésticos. Gritando desenfrenado por toda la casa.

No importa el lugar, si pensamos en Freddy -así le decimos como si se tratara de nuestro mejor amigo- nos acordamos de estar gritando por él y gracias a él.

En la madrugada de este jueves el cuerpo médico de la clínica Imbanaco en Cali anunció que el jugador colombiano había fallecido después de pasar varios días en agonía tras un accidente de tránsito ocurrido el 11 de abril.

Y de nuevo nos acordamos de aquel rugido. De la felicidad. Porque cuando se grita con el alma, el recuerdo se mete en el corazón.

Yo estaba solo. Yo vivía en Cali, la ciudad donde Freddy levantaría parte de su leyenda jugando para el América de Cali.

Era martes. Mis padres y mi hermana habían salido de casa a cumplir con sus deberes: trabajo y colegio. Yo me había quedado en casa porque milagrosamente en el colegio que estudiaba habían adelantado las vacaciones una semana antes.

No recuerdo el sentimiento de desesperanza antes de comenzar el partido, pero debía estar, porque ese día Colombia se jugaba su clasificación a la segunda ronda del Mundial de Italia 90, ante Alemania.

Para dar contexto, valgan un par de datos: en sus dos partidos anteriores, Alemania (que en ese momento era Alemania Federal y era la subcampeona del mundo) había aplastado a sus rivales de grupo: primero a Yugoslavia por 4 a 1 y después a Emiratos Árabes 5-1.

Colombia, en cambio, a pesar de haber jugado notablemente bien, había vencido 2-0 a Emiratos Árabes, pero había sido derrotada 1-0 por los yugoslavos, así que para clasificar a la siguiente ronda necesitaba al menos un empate ante Alemania.

Del partido no tengo muchos recuerdos. Hay un sombrero de René Higuita a Rudi Voeller, el gran delantero del Werder Bremen y el Olympique de Marsella, en el que no elogié la audacia de nuestro portero porque en ese momento lo consideré una imprudencia infinita en un momento tan clave para el país.

Porque era eso: en esos años oscuros de la violencia del narcotráfico y un conflicto rural entre guerrilla, ejército y paramilitares, en Colombia el único rayo de luz era el que nos trajeran los deportistas.

Por eso ese día no estaba jugando la selección, estaba jugando el país.

La sensación general era que ese martes, en el magnífico estadio San Siro de Milán como escenario del drama, estábamos jugando para ganar todo, todos. Ni siquiera para empatar.

Mi memoria detallada se reduce a los últimos siete minutos de juego. En el minuto 43, Voeller de la nada elude a toda la zona defensiva colombiana y descarga el balón en Pierre Littbarski, una leyenda del FC Colonia que estaba disputando su tercer mundial.

Gol de Alemania Federal. A dos minutos de que se acabara el partido.

Si hay otra memoria colectiva en Colombia es ese momento: el fondo del pantano. La sensación de injusticia. La rabia por repetir la historia de siempre: siempre nos faltan los cinco centavos para completar el peso. .

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Cuando se puso de nuevo en movimiento el balón desde el centro del campo, también recuerdo las palabras del narrador de televisión, William Vinasco Ch., haciendo alusión a una frase de Eleonora Roosvelt: «Quien pierde dinero, pierde mucho; quien pierde un amigo, pierde más; pero quien pierde la esperanza, pierde todo, ¡Vamos Colombia que se puede!».

Recuerdo escuchar esa frase y pensar que efectivamente había perdido la esperanza. Recuerdo pensar en apagar el televisor. Tenía 11 años y una rabia infantil me invadía por la injusticia. La sensación de que nos ganaran sin merecerlo -que viviría decenas de veces más a lo largo de mi vida- se instalaba por primera vez y plantaba bandera.

Y no sabía cómo proceder con tanta ira. Porque de nuevo, no era la selección, era el país.

Entonces estaba procesando todo esto cuando Leonel Álvarez recupera un balón. El tiempo oficial ya se había acabado y estábamos en el minuto 48, lo que significaba que el árbitro podía acabar el partido en cualquier momento.

Álvarez le da el balón a Luis Alfonso Fajardo, a quien le decían el Bendito, que a su vez se lo da a Carlos Valderrama, mundialmente famoso por su apodo del Pibe y su corona de crespos dorados.

Al Pibe le rebota el balón y por un microsegundo pierde el control. Pero recupera la pelota y se la da Rincón. Rincón la devuelve al Bendito y este al Pibe, quien sin mirar filtra un pase a una dimensión desconocida.

Y ahí estaba solo Freddy. Flotando. En una entrevista a la revista Bocas, el propio Rincón definiría esa pelota como «una papita caliente» que le había mandado Valderrama.

Y era literal una «papa caliente»: estaba Freddy y el país detrás de él.

Aquí los segundos se confunden, porque lo siguiente que recuerdo es el balón caminar despacio hacia la portería y sentir el estallido.

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Euforia. El movimiento desenfrenado del cuerpo. Ver por televisión los puños de Freddy apretando el aire con tanta fuerza que parecía que se agotaba.

Pero sobre todo recuerdo gritar. Gritar por los pasillos de la casa, por los cuartos vacíos, por la ventana junto a los vecinos. Gritar mis primeras groserías, gritar mi amor por Colombia, también por primera vez. Gritar sin saber qué era eso que sentía.

Gritar hasta quedarme sin aire. Respirar. Y volver a gritar.

Pero era mucho más también: en ese grito se iba la rabia contenida, la desesperanza acumulada, la injusticia repetida.

Tal vez no nos acordamos tanto del gol, sino de todo lo que sentimos. De la electricidad inédita que nos produjo ver esa pelota acariciando la red.

De que por primera vez, no nos faltaron los cinco centavos para el peso.

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Y eso no había cómo pagárselo a Freddy.

Un par de días después, el Camerún de Roger Milla nos eliminó en octavos de final, pero habíamos creado una memoria colectiva tan poderosa que tal vez la eliminación no fue el golpe que suele ser.

Nos fuimos triste de felices por los momentos vividos.

Freddy, por supuesto, nos regalaría más alegrías similares. No por nada lo bautizaron el «Coloso de Buenaventura», por la ciudad donde había nacido: sería el primer jugador colombiano en vestir la mítica camiseta del Real Madrid, donde no lo tratarían con mucha cortesía.

También sería el capitán del Corinthians que levantaría en el año 2000 el trofeo del primer mundial de clubes.

Pero sobre todo, también sería pieza fundamental del siguiente recuerdo compartido entre todas las personas que dicen llamarse colombianos y que ocurrió tres años más tarde, el 5 de septiembre de 1993.

Esa noche le clavamos cinco a los argentinos y Freddy marcó el primero y el tercero, para desatar un carnaval de celebraciones desaforadas que terminarían con más de 90 muertos, como si, a diferencia de Italia, nos hubiéramos tragado la rabia en vez de la alegría.

Por eso, en el preciso momento que supimos del accidente, comenzamos a compartir los recuerdos de ese momento, porque todos perfectamente sabíamos lo que estábamos haciendo aquella mañana del 19 de junio de 1990: unos se abrieron la cabeza por el salto que dieron, otros se le perdieron a los padres porque salieron a correr por un centro comercial. Otros se abrazaron con desconocidos.

Y todos gritamos, porque era un gol que se nos iba a quedar para siempre en un Rincón del alma.

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