La resistencia de Azovstal se rinde tras quedarse sin munición

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En los últimos días sus rostros habían mutado del color carne al amarillo, el color de la bandera de Ucrania junto con el azul celeste que dejaron de ver para sumergirse en los túneles de la gran acería de Mariupol. Casi 1.000 soldados llevaban días sin comer y sin dormir, enfermos de cansancio y con 20 kilos menos, potabilizando agua de los altos hornos y reutilizando las vendas de los muertos en el cuerpo de los vivos. Algunos habían afilado los bordes de sus palas de trinchera para usarlas como hachas contra los rusos en el asalto final.

Los últimos días habían medido cada bala: un disparo, un hombre, pero ya no les quedaba munición a pesar de que luchaban mutilados, como el oficial Ilya Samoilenko, que disparaba con un garfio ajustado a su muñón. Hoy los rusos han accedido evacuar a los heridos más graves a zona ocupada por Moscú. El resto de la guarnición se ha rendido.

Los últimos defensores, que se habían despedido ya de sus familias pensando en un desenlace fatal, salieron de la planta sin armas, ya con las primeras luces, en fila de a uno. Fueron cacheados por un control militar ruso sin mediar palabra, llevando consigo a los últimos heridos. Al menos ante las cámaras, no hubo señal de maltrato o vejación alguna y varios doctores rusos les atendieron allí mismo de primeros auxilios. Después subieron a unos autobuses con la marca de la Z en negro. La guerra, vayan a donde vayan, se ha terminado para ellos. El Ministerio de Defensa de Rusia dijo que los soldados ucranianos fueron evacuados tras «deponer las armas y rendirse» y ahora son «prisioneros de guerra».

El ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigu, aseguró que Moscú cumpliría la Convención de Ginebra con los defensores ucranianos, incluso con los miembros del Regimiento Azov, uno de los objetivos de la propaganda rusa por su controvertida fundación a manos de miembros de ultraderecha en 2014, una excusa ideal para la guerra rusa de «desnazificación» pese a que hoy dicho grupo está integrado en el ejército, formado por soldados de diferentes ideologías, alejadas ya del ideario de sus orígenes por petición expresa de Joe Biden al propio Zelenski.

«Salvar la vida». Esa es la única orden que les ha dado Oleskii Reznikov, ministro de Defensa, a los defensores de Azovstal «después de que se haya dado por cumplida su misión: contener a un grupo de 20.000 invasores rusos y evitar que avanzaran en dirección a Zaporiyia y Donetsk. Ellos son todos héroes«. Así, tras casi tres meses de carnicería y destrucción, termina la batalla de Mariupol, la más sangrienta hasta la fecha en la guerra de agresión de Vladimir Putin, que se apunta por fin su primera victoria aunque sea pírrica, con un coste de miles de vidas de soldados rusos, cientos de vehículos blindados y decenas de miles de civiles, muchos enterrados en jardines o bajo los escombros de edificios civiles como el teatro o la maternidad bombardeados por Rusia. Ahora Moscú gobernará sobre la ruina que ha contribuido a crear.

Con el fin de los combates, Putin consigue arrebatarle a Ucrania el acceso al mar de Azov y hacerse con el último agujero del cinturón que abrocha Crimea con el Donbás, es decir, lo que el nacionalismo del Kremlin llama «provincia de Nueva Rusia».

Previamente, los asaltantes rusos habían permitido la salida, en plena noche, de los 53 más graves. Llevados en camilla hasta unos autobuses, no había un sólo soldado ucraniano que conservara todos los miembros de su cuerpo. Para 15 de ellos, fallecidos por sus heridas en los últimos días, la evacuación llegó demasiado tarde y ya nunca abandonarán la acería.

La resistencia ucraniana de la ciudad portuaria, que ha tenido una importancia decisiva en la guerra al fijar a miles de rusos en Mariupol que Moscú hubiera necesitado en otras zonas, tendrá que adaptarse a la nueva situación. La derrota en Mariupol es difícil de revertir salvo colapso de las tropas de la Z en todos los frentes, algo que algunos analistas militares no descartan por el enorme desgaste al que Ucrania ha sometido a los asaltantes, empujados en Kiev, zarandeados en Járkov y desfondados tras semanas de atasco en el Donbás.

Ahora Rusia podrá enviar las tropas sobrantes de la toma de Mariupol a zonas donde sus ofensivas penden de un hilo sin la necesaria leva para cubrir bajas, que Putin se resiste a pedir, ya que eso supondría tener que declarar la guerra oficialmente.